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Otra Perspectiva: El colegio me ha ayudado encontrar un balance entre mis raíces colectivas y mi individualidad

Buscando quien soy se ha sentido como una batalla entre dos culturas, y mi búsqueda de la individualidad a menudo se siente sofocada por mis raíces colectivistas

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"A medida que crecí y me sumergí más en la cultura estadounidense, me expuse a perspectivas contrastantes de los valores tradicionales y familiares en los que crecí." Ilustración publicada el lunes 1 de febrero de 2021. 


Como estudiante de primera generación, me he encontrado atascado en una batalla sin fin entre mis raíces colectivistas y mi individualidad propia

Mis raíces mexicanas me recuerdan constantemente que mis prioridades deben alinearse con los intereses de la familia. 

“Solo nos tenemos el uno al otro”, me recordaba mi madre — una tal unidad fue construida en la ideología tradicional y valores Católicos, algo que fue trascendido por generaciones y ha dado la base para mi educación.

Durante bastante tiempo en mi vida, mis actitudes, morales y juzgamientos fueron dictados bajo ciertas condiciones. 

En la cultura latina, el respeto es valorado más que nada — respeto hacia tus mayores, respeto por la autoridad, y otras cosas más. Este concepto de respeto no es un ideal utópico, sino una táctica usada para enforzar una dinámica de poder estricta para suprimir la disidencia. 

Como resultado, me enseñaron a nunca cuestionar o rechazar las acciones o creencias de aquellos a mi alrededor, sino mejor cumplir y aceptarlos, como si fuera una norma. 

Mi código moral fue gobernado por justicia devota y desprecio católico. El miedo a Dios dictaba mis actitudes hacia el mundo que me rodeaba. Por mucho tiempo en mi vida, rechace mi juventud. Cargaba con una ideal imposible de moralidad con cada acción, reprendiendo cualquier noción tradicional de pecado.

OPINION: El colegio es el tiempo indicado para superar la culpa Católica

Siempre me decían que era “maduro” para mi edad. Lo tomaba como un complejo, nunca cuestionando el mensaje subyacente detrás de él. Durante mi niñez, me comportaba en consecuencia, nunca cuestionando a los que estaban por encima de mí, ya que despreciaba todas las acciones consideradas moralmente impuras.

No fue hasta eventos recientes que me di cuenta de que la “madurez” que decían tenía era sinónima con mi obediencia. Mucho de lo que hacía fue manchado por el conformismo y tradicionalismo. 

A medida que crecí y me sumergí más en la cultura estadounidense, me expuse a perspectivas contrastantes de los valores tradicionales y familiares en los que crecí.

Deje de ver el mundo en blanco y negro, tampoco estraficaba lo que me rodeaba simplemente como bueno o malo. 

Como resultado, fui visto como subversivo en mi propio hogar, ya que rechace el consenso con respecto a los principales eventos socioculturales que dieron forma no solo a mi identidad, sino a la Generación Z en su conjunto. 

Recientemente, mi vista sobre el mundo fue desarraigada por los eventos que transpiraron en el verano a raíz del movimiento Black Lives Matter. Me hice más consciente de cómo la injusticia sistémica está arraigada en la fundación de nuestra sociedad.

Una sensación de hiper criticidad se despertó en mí a medida que me cansaba de la institución y la tradición. Dicho cansancio me permitió cuestionar los principios de mis propias formas de vida. He llegado a comprender mejor y rechazar estas nociones de mi crianza en el comienzo del nuevo capítulo de mi vida.

Y cuando crucé el umbral hacia un mundo que existía fuera de esas cuatro paredes, me quedé paralizado por la inminente sensación de confusión en este viaje de autodescubrimiento. 

Estoy desgarrado entre la vergüenza por abandonar mis valores colectivista y convirtiéndome en una persona con mi propia convicción. 

Temía que renunciar a mis creencias colectivistas como búsqueda de mi individualidad, me hiciera víctima de la colonización y excepcionalismo americano

A veces, me sentía con una culpa inmensa por quebrar mi tradición y dejar a mi hogar. Me sentía como si hubiera abandonado a mi familia a cambio de la libertad de perseguir mis propios sueños que contradicen las expectativas preconcebidas. 

Aun así, una parte de mi siente alivio.

La perspectiva de deconstruir todo lo que he conocido me emociona. Encuentro consuelo en la posibilidad de perderme y redescubrirme, solo para perderme una vez más.

Por otra parte, me encuentro agotado en mi búsqueda. 

¿Por qué siempre debo trabajar tan duro para distinguirme de los demás? ¿Por qué mi valor propio siempre debe ser medido extrínsecamente por mi productividad? 

En mi búsqueda por reconciliar mis ambiciones individualistas con mis obligaciones colectivistas, estoy comenzando a descubrir un hogar dentro de mí.


Rápidamente descubro que hay mucho trabajo por hacer: curar el trauma intergeneracional, hacer las paces con mi niño interior, aceptar la ambigüedad moral y aceptar el hecho de que el autodescubrimiento es un viaje para toda la vida. 

Tal búsqueda a menudo se siente aislada y sin dirección.Navegar por esta caminata se siente imposible la mayoría de los días, y mucho menos en medio de una pandemia.

Aún hay mucho por descubrir. Lo que he encontrado es, estoy más lejos de mi hogar de lo que pensé.


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